En un rincón lleno de aromas, recuerdos y compañerismo, se encuentra La Hogareña, uno de los Centros Especiales de Empleo impulsados por la Fundación Cedel. En este lugar que ha transformado vidas a través del trabajo digno y la inclusión laboral, hoy conversamos con Rufino Lombardo, un nombre que es sinónimo de historia, entrega y superación.
Con más de 40 años de trayectoria profesional, Rufino ha sido testigo y protagonista del crecimiento de La Hogareña desde sus inicios en Carabanchel hasta convertirse en un referente nacional en el sector de los precocinados y la inserción sociolaboral de personas con discapacidad. Su voz serena, su memoria precisa y su mirada humilde nos abren la puerta a una vida laboral que inspira y emociona.
Empezaste en Carabanchel con la electrónica hace más de 40 años. ¿Recuerdas tu primer día de trabajo?
Empecé con unos cables y terminales. Por entonces nos dedicábamos a la electrónica, y mi trabajo era en una máquina, poniendo en la punta un terminal. Simplemente eso.
Pero Rufino, aparte del trabajo… ¿cómo te sentiste ese día?
Pues… poco a poco, con miedo, porque no conocía a nadie. Estaba nervioso y era muy joven. Solo había trabajado como camarero unos meses antes.
La empresa se trasladó a Las Matas y, con el tiempo, cambió su actividad de la electrónica a los precocinados. ¿Cómo viviste ese cambio?
Fue muy difícil, ya que no tenía nada que ver una cosa con la otra. Pero al final me fui haciendo… y acabó gustándome.
¿Hubo alguien que te apoyó mucho al principio?
Empecé llevando bandejas por la fábrica. En alguna ocasión se me cayeron al suelo y sentí mucho ridículo. Pero pronto pasó, porque Sebastián, que era mi jefe, enseguida me ayudó y se lo agradecí mucho. También a Cobeño, que era otro de los jefes.
¿Fue fácil hacer amigos en el trabajo?
Al principio me costó, pero poco a poco fuimos hablando… y me hice amigo de casi todos.
Actualmente, ¿cuál es tu tarea favorita como ayudante de cocina?
Sigo llevando bandejas de un lado a otro para surtir a las máquinas. Hago lo que me mandan los jefes… y me gusta lo que hago.
Hoy día, aún quedan compañeros que empezaron contigo. ¿Puedes nombrar a alguno?
Sí, todavía están algunos desde el principio: Ocaña, Veiga, Alejandro…
¿Qué compañeros recuerdas con cariño de los que se marcharon o se jubilaron?
Me acuerdo mucho de Enrique Fuertes y Vicente Navarro. Éramos buenos amigos.
Y de los jefes que ya no están, ¿a quién recuerdas con más cariño?
A Sebastián, que me apoyó mucho al principio. Le echo de menos.
Actualmente, ¿tienes compañeros o amigos? ¿Cuál es la diferencia para ti?
¡Claro! Todos son compañeros… y muchos de ellos son amigos. A veces quedamos fuera del trabajo, en algún sitio, hablamos, tomamos algo… y lo pasamos bien.
Dentro de un tiempo tienes intención de jubilarte. ¿Cuál es el mejor recuerdo que te llevas del trabajo?
La visita de la Reina, Doña Sofía. Ese fue un momento muy bonito en mi vida y en mi trabajo.
¿Qué hizo la Reina? ¿Te saludó o te preguntó algo?
Pensaba que iba a estar muy nervioso al verla, pero no. Se me acercó, me saludó y me preguntó: “¿Cómo te llamas y qué trabajo realizas en La Hogareña?” Se lo dije… y después me sonrió y me dio la mano. Fue muy bonito.
¿Ha habido algún momento divertido que nunca olvidarás?
Sí, un día me caí y rodaron todas las bandejas. Todo el mundo me miró… ¡y nos reímos mucho del incidente!
¿Cómo te sientes ahora que se acerca la jubilación?
¡Bien! Es algo que tiene que llegar… aunque no sé bien el día exacto en que lo haré. Pero está cerca… jajajaja.
¿Qué has aprendido en todos estos años que te haga sentir orgulloso?
Sobre todo, a convivir con los compañeros y jefes. Sentir que era útil y que entre todos formábamos una gran familia.
Como sabes, La Hogareña pertenece a la Fundación CEDEL. Ahora que te jubilas, ¿qué ha representado para ti?
¡Todo! La Fundación CEDEL y La Hogareña han sido mi vida durante más de 40 años… y los echaré mucho de menos. A mis compañeros, a mis amigos… ¡a todo!
¿Crees que tu vida habría sido igual sin la Fundación?
¡No! No me imagino estar sin ella.
En todo este tiempo pasaste por buenos y malos momentos, y la Fundación siempre estuvo a tu lado. ¿Qué piensas de todo lo que te ha dado?
Ya lo he dicho: me ha dado todo. Trabajo, dinero, estabilidad, confianza en mí mismo… Saber que #YoPuedo realizar los trabajos que me mandaban, sentirme útil para la empresa y mis compañeros, tener amigos… ¡TODO!
¿Piensas que la Fundación realiza una labor importante de integración para personas con discapacidad?
¡Claro que sí! La Fundación hace muchas cosas por personas como yo. Nos da trabajo cuando en otros sitios no lo hacen. Nos integra en la sociedad y en el trabajo. Yo siempre pensé que podía trabajar, pero hasta que no llegué aquí no supe realmente qué #YoPuedo ser como los demás.
¿Qué consejo darías a los compañeros que siguen trabajando?
Que sigan trabajando con fuerza e ilusión, y que hagan caso de las indicaciones de los jefes.
A partir de esta entrevista vas a ser muy famoso. ¿Qué les dirías a personas con discapacidad que quieran trabajar aquí?
Que la Fundación CEDEL y La Hogareña son sitios estupendos para trabajar y relacionarse con los compañeros. El trabajo es duro, hay que madrugar y los jefes exigen, pero al final todo son alegrías y buen rollo. Aquí pueden ser felices… y jubilarse como lo haré yo pronto.
Rufino Lombardo, ahora que llega tu jubilación, después de todos estos años, ¿qué te gustaría decirle a la Fundación CEDEL que nunca hayas dicho?
Sé que es mi momento… pero me pongo nervioso. Creo que no puedo decir mucho más de lo que ya he dicho.
¡GRACIAS! Ante todo. Les echaré de menos… y estoy muy orgulloso de haber trabajado aquí.

